Jarrones chinos menesterosos

No ha tardado demasiado Ángel Víctor Torres en plantear lo del salario presidencial para presis jubiletas. Sinceramente, creí que sería más prudente, que dejaría el asunto como posibilidad al desarrollar la ley del Gobierno y el Presidente creada por su Consejo. Preguntado ayer en Radio Club por Juan Carlos Castañeda, Torres se declaró abiertamente partidario de que los presidentes sigan cobrando sueldo público tras retirarse de sus funciones. Es una escandalosa canonjía que hoy ya disfrutan los presidentes españoles si pertenecen al Consejo de Estado, o algunos presidentes regionales de Autonomías donde sus Parlamentos han aprobado tal medida. Torres declaró que no considera que pagar un sueldo a un presidente que ya no ejerce sea extraño, piensa que lo que resulta “anormal” es que no cobren. “Sería un error no aprovechar sus conocimientos y su experiencia”, dice Torres. Y añade que los presidentes “pueden dar consejos diversos porque lo vivieron” (sic) y tuvieron que hacer “un gran sacrificio” personal y familiar derivado de su cargo. “Lo hicieron porque quisieron, pero la historia debe darles el espacio que se merecen”. Hombre, señor Torres, lo del espacio no lo discute nadie, lo que se discute es la morterada.

En la vida política se está perdiendo no sólo el oremus, también la vergüenza. Ya se puede decir casi cualquier cosa sin sonrojarse. Torres puede reclamar con justicia –como cualquier hijo de vecino- cobrar su jubilación, por los años trabajados. Pero lo que plantea no es eso. Lo que plantea es que cualquiera que acceda a la Presidencia del Gobierno de esta región con un 40 por ciento de su población en el umbral de la pobreza –nos lo recuerda a menudo Noemí Santana- no tenga que volver a trabajar jamás. Comprendo que si pasas unos años por la Presidencia y asumes ese “gran sacrificio” que es vivir con penuria presidencial, te produzca pereza volver a dar clases, defender pleitos en los tribunales o pasar consulta en un dispensario. Pero eso es exactamente lo que la gente espera que hagan sus líderes.

En Canarias hemos tenido nueve presidentes: Jerónimo Saavedra, Fernando Fernández, Lorenzo Olarte, Manuel Hermoso, Román Rodríguez, Adán Martín, Paulino Rivero, Fernando Clavijo y Ángel Víctor Torres. De todos ellos, incluyendo a Torres, que ya ha dejado claro que espera ser compensado por el “gran sacrificio” de ser presidente, sólo dos volvieron a sus trabajos después de dejar la Presidencia. Los dos eran empresarios: Hermoso y Adán Martín. El resto siguieron (o siguen) viviendo de lo público de una forma u otra durante años. Saavedra fue senador, diputado a Cortes, ministro, alcalde de Las Palmas y Diputado del Común. Se retiró con 82 años, cobrando sueldo público y sin haberse bajado del coche oficial. Fernando Fernández volvió a ser diputado en el Parlamento de Canarias, pero con el PP. Luego fue diez años eurodiputado y desde 2004 trabajó para Naciones Unidas. Se retiró el año pasado, con 77 años. Olarte lo tuvo más crudo: fue vicepresidente con Hermoso, y luego diputado a Cortes. Con 71 años, seis después de la edad de jubilación, anunció que dejaba de vivir de la política, pero intentó volver a los 74, aunque con escaso éxito. De Román, mejor ni hablar: desde que dejó de ser presidente con 46 años no ha vuelto a ponerse la bata de médico jamás. Ya tiene 65, y sigue cobrando nómina pública. Paulino, que trabajó un par de años como maestro siendo joven, vivió de la política desde que en 1979 entró en UCD para ser alcalde. Tras dejar la Presidencia, intentó enchufarse en el Tenerife, y como no le salió, busco cobijo en Naviera Armas, donde sigue cobrando con 70 años. Clavijo pasó de la Presidencia al Senado con una mínima parada en el Parlamento de Canarias. Aún es joven -52-, pero apunta maneras: lleva desde los 28 años cobrando sueldo público. Y no parece tener mucha intención de volver a la empresa privada. En cuanto a Torres, docente de 57, lleva 22 sin pisar un aula: concejal de Arucas, diputado a Cortes, alcalde después, vicepresidente del Cabildo grancanario y presidente del pacto floral, quiere seguir cobrando sueldo cuando tenga que dejar su despacho en el bunker.  

Felipe González definió una vez, con bastante acierto, qué es un presidente del Gobierno retirado: “Somos jarrones chinos en apartamentos pequeños. No nos retiran del mobiliario porque se supone que somos valiosos, pero estorbamos”. Y por estorbar, vamos ahora a tener que pagarles. Pobrecitos menesterosos.