Gospel

Harlem, febrero de 1986: Nuke insiste y yo no sé llevarle la contraria. He paseado con él hasta los últimos rincones de su barrio laberinto de ladrillos. He visto las ventanas tapiadas de las casas, testigos únicos de la sorda lucha entre el municipio y los vecinos y he visto las viejas tapias del teatro Apollo y he visto a los traficantes de esquina en esquina sonriendo con enormes filas de dientes más blancos que su propia mercancia. He visto con ojos atónitos el resurgir de esta ciudad dentro de la isla dentro la ciudad y he visto los escaparates y sus negros maniquíes y los retratos de Bob Marley y la biblioteca Schomburg, en la que Alex Haylei encontró a su Kunta Kinte y las casas arrasadas por el hielo y por el fuego y los grandes edificios de la Administración Kennedy, cuando el hermano Bob intentó romper a golpe de decreto la indiferencia y el olvido del barrio.

Creo que lo he visto casi todo: incluso he visto las colas de turistas pasear como espíritus penitentes por la calle 125, casi cogidos de la mano, bajo la atenta mirada del guía de la Asociación Cristiana, y entretenerse a charlar con Franco, el pintor callejero más conocido del mundo, y retratarse con él a cambio de unos pocos dólares en imaginería pop o retratos psicodélicos de Malcom X o Cristos blancos con alma africana. Les he visto recorrer las ordenadas casitas de Sugar Hill y el Hamilton Terrace y Strivers Row, cuando el barrio era la vida y la cultura de Manhattan, o alucinar con los muebles estilo imperio de la Mansión Morris Jumel, en la que George Washington instaló su cuartel general durante la guerra de la independencia, o extasiarse complacidos en el museo de muñecas de la ‘Tía Len’, y su inocente colección de extravagancias.

Todo. Todo lo que Harlem puede ofrecer. Pero Nuke insiste y ya me ha convencido: Harlem es música. Para los que no andan el el ‘bisnes’ del polvo blanco o el ‘crack’, la música es el único pasaporte para salir del gueto. Una música que aquí, puede encontrarse en todas partes: en las noches de jazz pirata que sobreviven a los pasados esplendores del ‘Cotton Club’ sólo para blancos, en los bulevares de la tarde, en los pobres cafetines de algún sótano perdido, dónde puedes charlar con un pariente lejano de Duke Ellington, un hijo o un nieto ilegítimo del más grande, capaz de resucitar la magia del ‘ritm & blues’ con apenas un par de acordes. Música por todas partes, y más que en ningún otro sitio en la iglesia: a cualquier hora de la mañana o de la tarde, allí donde se junten tres negros dispuestos a escapar del infierno cantando como un coro de ángeles. Porque Harlem, bien dices Nuke, es más, mucho más, y sobre todo es esta música: este ‘gospel’ que arranca en la sentina de un barco de esclavos y se adueña de la calle desde las entrañas del templo.