Frente al volcán

Sylvain Tesson, un viajero y escritor francés, se enfrentó a todas sus dudas sobre el mundo alejándose por completo de la civilización. Abandonó la ciudad, y sus obligaciones, problemas y deseos, para instalarse durante seis meses -desde el final del invierno siberiano de 2010 hasta la mitad del verano siguiente-, en una vieja cabaña de madera, construida en la orilla del lago Baikal, alejada 120 kilómetros del pueblo más cercano. Se alimentó básicamente de pescado sazonado con tabasco, en invierno soportó una temperatura constante de 30 grados bajo cero gracias al vodka, y en verano tuvo que ocultarse a los osos que bajaban al lago tras despertar de su hibernación. Sylvain sobrevivió, y regresó cambiado, no necesariamente feliz, pero sí seguro de haber encontrado en su viaje solitario al fin del mundo, el secreto de la paz interior. Esctibió un diario memorable…

Muchos hombres (y algunas mujeres) se han atrevido en algún momento de su vida a medirse a sí mismos en el encuentro con lo fiereza inabarcable de la naturaleza en su estado salvaje. Muchos han muerto en el intento, pero quienes lograron escapar al poder de los elementos desatados, al frío o al calor extremo, a las alimañas, los accidentes, la falta de alimentos o -simplemente- al miedo atávico frente a una noche de tormenta eterna, volvieron definitivamente cambiados.

Frente a la furia cotidiana del volcán, frente a su magnífica indiferencia ante la inevitable destrucción y ruina de todo lo que es importante para el ser humano, me he preguntado a veces -en estos primeros días de castigo y resignación ante el vandálico capricho de la tierra- si es posible que las sociedades funcionen como lo hacen algunas personas, si debemos esperar obtener como comunidad una explicación a los absurdos de la existencia, o alguna reflexión útil, algo bueno o noble o moral, como respuesta o adaptación o aceptación ante la incontrolable demostración de ira con la que nos ha golpeado la tierra abriéndonos sus entrañas. Me he preguntado, en fin, si la fuerza telúrica que nos agrede desde hace una semana, y amenaza quedarse meses entre nosotros, destruyéndolo todo, nos traerá algo conveniente, algo que nos aporte paz o quizá al menos consuelo colectivo. Ojalá ocurriera así. Pero lo cierto es que no es eso (siquiera remotamente) lo que personalmente percibo.

Más bien, todo lo contrario: este drama de centenares de familias expulsadas de sus casas, de gente que ha perdido para siempre lo que ama, esta furia stromboliana que se lo lleva todo por delante a su paso, no nos está haciendo mejores, más solidarios o más conscientes de nuestras limitaciones.

Las sociedades no suelen funcionar nunca como -a veces- lo hacen las personas, aprendiendo. Las sociedades no aprenden, digieren sus catarsis, sucumben siempre a cualquier éxito peleándose por apropiárselo, o a cualquier tragedia colectiva con la rabiosa invitación a demostrar la culpa de los otros. Puede que algunas personas especiales, gente de una sensibilidad extrema, superen esta catástrofe más seguras o más serenas, pero en conjunto lo que ya estamos haciendo como comunidad es volcarnos en la búsqueda y adjudicación de las responsabilidades ajenas, sustituyendo la solidaridad colectiva por el señalamiento interesado de disfunciones administrativas, de errores de primera hora, en un regreso a ese teatro de la bronca tan querido por la política y los media.

Tenemos probablemente meses de emergencia por delante. Es demasiado pronto para abrir el circo de los enfrentamientos. No deberíamos renunciar a aprender a hacerlo mejor, a actuar juntos, a incorporar al discurso político que nadie es culpable ante las acciones de la naturaleza, aunque algunos puedan haberlo hecho mejor y otros peor. ¿Pero quién gana ahora ordenando los aciertos y los errores? Nadie. No gana nadie. Como tampoco gana nadie dedicando este tiempo de esfuerzo y contrición a colgarse ridículamente medallas, tan sólo por haber hecho durante unos días lo que tenían la obligación de hacer…