Fouché regresa

El martes, después de casi un año a cara de perro, rechazando el liderazgo hereditario de la izquierda a la izquierda del PSOE, decretado por ley del dedazo por Pablo Iglesias, Podemos decidió hacer pública su ruptura con Yolanda Díaz y el abandono del grupo parlamentario de Sumar. Podemos se ha integrado en el Grupo Mixto, renunciando a una parte importante de sus prerrogativas económicas, tras una estampida a cámara lenta, esperada desde hace semanas, y que en el debate de investidura de Sánchez ya parecía completamente cantada. Hubo que llegar a la decisión de Díaz de no incorporar a ningún miembro de Podemos entre los cinco que le tocaban en el reparto del Consejo de Ministros, para que los cinco diputados podemitas rompieran filas. A partir de ahora el grupo-no-grupo de Podemos actuará en el Parlamento con interlocución directa con el presidente Sánchez. Una nueva preocupación para el presidente, que viene a sumarse a las que ya condicionan su mandato.

No se trata de asuntos menores: el superviviente Sánchez tendrá que gobernar con apoyos cada vez más difusos e inseguros, defenderse de una derecha muy belicosa  en el Congreso, que además controla el Senado, pastorear el rechazo a las políticas que emanan del Gobierno por parte de la gran mayoría de las regiones españolas, gobernadas por el PP y con el apoyo de Vox en algunas ocasiones, y preparar al PSOE para unas próximas elecciones en el País Vasco, donde los socialistas tendrán que optar por apoyar a Bildu (los sondeos apuntan que será la fuerza mayoritaria) o al PNV. Y prepararse para unas elecciones catalanas que pueden trastocar completamente la situación, colocando al prófugo amnistiado como un actor institucional de primera división. Y por si fuera poco, a todo eso se suman dos asuntos en los que el arte para el juego malabar y la habilidad para el cambio de opinión de Sánchez, no suponen demasiada ventaja: uno de esos asuntos es la más que evidente revuelta del poder judicial, decidido a ejercer una inédita, corporativa e incontrolada autodefensa frente a la amenaza del Ejecutivo. Gobernar con los jueces a la contra es bastante ingrato: pueden enfangar y hasta cargarse a tu candidato a prácticamente lo que sea -la Fiscalía general, el Consejo de Estado…- porque la Justicia –como casi todo en este país- ha sido obligada a tomar partido, y lo ha tomado por sí misma.  El otro asunto son los crecientes recelos de Europa ante la bronca con los jueces. En Bruselas resulta muy difícil entender que un partido de tradición socialdemócrata, gobernado por el presidente de la Internacional Socialista, pueda estar manoseando el sistema judicial español. Pero el griterío desde la piel de toro es intenso: Europa estará vigilante y ejercerá una más que probable presión para evitar atajos y descarrilamientos legales en el desarrollo parlamentario de la Ley de Amnistía, o en la pelea del Gobierno por meter cuchara a los jueces vía lawfare.

Un panorama suficientemente difícil y complejo, incluso sin necesidad de que los cinco diputados morados comiencen a actuar por libre. Pero hay que reconocer que lo tienen difícil. Pueden amagar con debilitar a Sánchez, pueden hacerle perder alguna votación, incluso alguna votación de cierta trascendencia. Pero parece poco probable que en los próximos meses lleguen a permitir por acción u omisión que prospere una censura contra Sánchez.

 Lo que ocurra va a depender probablemente de la habilidad de Pablo Iglesias. Él ha sido el vengativo inspirador de la decisión de abandonar a Yolanda Díaz, la sucesora que él mismo impuso por sorpresa, contra el criterio de muchos en su partido. Pero sólo en el caso de una hecatombe -la ruptura de Puigdemont con Sánchez-, Iglesias tendría excusa para facilitar la caída del actual Gobierno. Ahora lo que van a hacer los sufridos podemitas que han decidido permanecer leales a Iglesias es posicionarse como la izquierda no domesticada, frente a la izquierda yolandista, comprometida a calzón quitado con el sanchismo.

De aquí a las elecciones europeas, Iglesias va a recuperar masa muscular, va a ejercer de Fouché sin contemplaciones, mientras marca las diferencias entre servir a la mayor gloria de Sánchez y servir a la causa de los que no se conforman y quieren bla-bla-bla y bla-bla-bla tocar el cielo. El problema es que este Iglesias de ahora se cortó la coleta: ya no es una joven promesa política de barrio y discurso incendiario, sino un tipo bregado con residencia en Galapagar, que tragó lo que hizo falta por mandar, que colocó a su señora de ministra y que vive con canonjías nivel obispo. No va a ser fácil que nos venda su mercancía deteriorada por segunda vez, aunque no esté fuera de juego. En las elecciones europeas, si es hábil y consigue montar unas listas presentables, puede hacerle daño a Sumar, incluso superar a Díaz: hay una izquierda irredenta y salvaje que entre dos opciones votará siempre por la que quiera incendiar el mundo. Iglesias va a vender que él es capaz de eso, que se dejó seducir por Sánchez, pero que ahora está por cortar cabezas: la de Yolanda, la de Sánchez, la del Rey. En ese orden. Centenares de miles de españoles que no saben que lo son, le apoyaran entusiasmados. La extrema izquierda es deicida, e Iglesias nos promete la revolución francesa.    ¿Le saldrá? Por el bien de todos, espero que pinche, pero el nuestro es un país olvidadizo, al que le gusta el espectáculo con violencia. Suprimidos los toros del imaginario español, Iglesias elige nuevas cornamentas que ofrecer al respetable.