El griterío de los corderos: canibalismo popular soriano

La tercera novela de Thomas Harris protagonizada por el caníbal Lecter –‘Hannibal’ es el título– está a punto de aparecer en España tras haber arrasado las listas de ‘best seller’ en los USA durante este pasado verano.

Se espera que Hannibal sea llevada inmediatamente al cine y nuevamente in terpretada por sir Anthony Hopkins, que se estrenó genialmente en el papel con El Silencio de los corderos, metiéndose a público y crítica en el bolsillo. En el Silencio…, Hopkins mantiene una magnética relación con Clarisse, una agente del FBI que es quien finalmente descubre al malo –un serial killer de lo más cutre y casposo, nada que ver con el culto y sofisticado Lecter– y lo apiola.

En uno de los momentos más intensos del filme, Clarisse explica cómo decidió hacerse policía: cuando era una pobre niña huérfana vivió en casa de unos granjeros, y por las noches es- cuchaba el silencio de los corderitos inocentes, en capilla para el matadero.

La metáfora es burda: si los corderos aguardan la escabechina en silencio, pobres angelitos inocentes, de tal se deriva que los Ignacios y su tropa, con el ruido que han organizado antes de ser sometidos a público degüello, no son precisamente inocentes. Más bien lo contrario. Y es que el desarrollo de los con gresos del PP es lo más parecido que uno puede imaginar a un almuerzo caníbal. Sólo que en barato. Porque el sarao que nos están ofreciendo Soria, Bravo y los Ignacios no se parece demasiado a uno de esos jolgorios antropófagos y golfos a la que –al decir de Marvin Harris y otros antropólogos dedicados a teorizar sobre la nueva cocina– se entregaban las tribus bár baras de la Polinesia y el continente negro en los tiempos arcanos. Lo del PP es más bien un remedo tristón y miserable de aquella suerte de ágape desgraciado al que se entregaron los supervivientes del accidente del fokker de las líneas aéreas de Uruguay sobre la cordillera de los Andes.

Porque en el Partido Popular, cuando se trata de comerse las entrañas ajenas, siempre empiezan por los difuntos. Será porque la derecha es heredera del señoritismo y por tanto vaga de natural. Comiéndose a sus propios muertos, se ahorran el trabajo de tener que matarles primero. Vebvigracia: la renuncia de Ignacio hijo y su anuncio de que abandona el PP. El pobre hombre se va tarde, literalmente masticado por la dirección nacional de Génova y digerido sin dificultad por el Congreso. Su adiós es sólo un   capítulo más de la saga de merendolas antropófogas inaugurada en la delegación regional del PP en Canarias con la deglución pública del correoso Felipe Baeza, presidente del PP grancanario. Poca carne pegada a los huesos, pero eso no fue óbice para que hicieran con él una humeante parrillada. A Baeza le siguió rápidamente Ángel Guimerá, presidente del PP tinerfeño, hace ahora pocos años. Fue el asturiano Álvarez Cascos quien dio cuenta de Guimerá y Gil, cuando este aún era –en los ratos libres– cuasi portavoz parlamentario del PP en Canarias. Un banquete delicioso, en el que no hizo ni si- quiera falta aportar los cal- dos, porque el portavoz los llevaba ya incorporados.

Después de Guimerá, empezó la yenka: Alfonso Soriano pasó a mejor vida casi sin que nadie se hubiera dado cuenta de que era el que (no) mandaba. Y fueron Ignacio González padre y sus vul tesos los que compraron a precio de saldo un partido en bancarrota. La historia es conoci da desde entonces: Ignacio González hijo colocó a Ignacio González hijo en el Gobierno y allí duró exactamente el tiempo que duró su padre al frente del partido. Cuando Don cambió el despacho de la calle La Mari- na por el de la Cámara de Comercio, Bravo se merendó a Nacho, usó a Lorenzo Suárez de mondadientes y el asunto aca bó en 3P –paseo de parados en pijamas– a las puertas del Parlamento.

Parece que la pijamada fue cosa de los chicos de Aparte, una asociación de des empleados tinerfeños propiedad del clan. La pelea entre Bravo y los Ignacios duró justo lo que el místico Paco de la Barreda aguantó en el Gobierno. Luego vino el caso Bango y todos volvieron a reunirse en la misma mesa. El banquete lo ofreció el palmero De la Barreda, con él mismo de primer plato. Y as’, de antropofagia en antropofagia y tiro porque me toca, llegamos a la dimisión de Bravo y de la dimisión de Bravo a ayer mismo: el penúltimo masticado, un sufriente Nacho que anuncia que deja el PP y se pasa –dice con boca chica– a algún partido que sea “menos de derechas” y que “no dependa de Madrid”. Jo. Y el masticador, Manolo Soria, alcalde plenipotenciario de Las Palmas y mandamás pepero, gordo y lustroso, pero con previsibles problemas futuros de flatulencia.

Preguntas: ¿Se irá Nacho al PNC, a montar una tertulia literaria con el profesor García, como le recomienda alguno de sus amigos? ¿Se irá al GIL con Gil o al CDS con Mario Conde para pasarle factura al PP? ¿Pagará la factura su Don como hace siempre? Respuesta: por más que hagan lo que quieran. Pero por favor, no metan tanto ruido.