El discreto encanto de la conspiración

Después de casi dos años de Covid, confinamientos y muertes, después del hastío ante las dificultades que ha ocasionado la pandemia, de los muchos errores cometidos por los gobiernos a la hora de gestionar la crisis sanitaria y económica, después de haber  vulnerado algunas leyes y de la suma de contradicciones y disparates por los que nunca se han pedido disculpas, el negacionismo es hoy más fuerte en España de lo que era cuando el coronavirus comenzó a segar vidas. Para decenas de miles de personas que se movilizan abiertamente ya por todo el país, el rechazo a las estrategias de control de la pandemia comienza a ser una opción no sólo legítima, sino digna de pelear por ella. 

Canarias ha vivido ya varias concentraciones más o menos nutridas de quienes se oponen a la actual gestión sanitaria de la crisis, niegan o reducen la peligrosidad del Covid, y aseguran que lo que está ocurriendo en una gran farsa orquestada por los poderes públicos, las organizaciones internacionales, los medios de comunicación y las farmacéuticas. El sábado, una multitudinaria y tumultuosa manifestación convocada ‘contra la tiranía covidiana’ sorprendió a los vecinos de La Laguna ocupando completamente la calle de La Carrera en una sucesión festiva de ciudadanos abiertamente negacionistas, sin ningún respeto a las normas de separación, ni protección alguna, coreando eslóganes conspiranoides como “no es una vacuna, es un experimento” o “quítate el bozal, que todo es un plan”. Miles de personas, portando pancartas y banderas de muy distinto color y pelaje: desde independentistas a la del toro de Osborne, tan apreciada por los ultraderechistas patrios, o pancartas reclamando se investigue la muerte de Carmen Marina, una pobre mujer de 51 años y con gran dependencia, que ingresó con un golpe en la cabeza en el HUC a finales del pasado año, y falleció tres días después tras realizársele pruebas PCR. La muerte de Carmen Marina provocó ya una concentración el día 2 de este mes frente al hospital, en la que un puñado de negacionistas intentaron convertirla en la primera mártir canaria ‘asesinada’ al hacérsele una prueba Covid.

Desde entonces, el tono de las protestas se ha disparado: la Policía ya ha localizado e identificado a quienes están detrás de la campaña de intimidación contra más de seis mil enfermeros que han vacunado a menores de 12 años. Los sanitarios han recibido amenazas en sus correos firmadas por la Asociación Nacional Sovida (de la que no existe registro visible en internet) y la Asociación Nacional Leaders Collegue International, una supuesta asociación de Telde registrada para alquilar inmuebles. Los correos masivos advierten a los sanitarios de que están cometiendo graves delitos contra menores de edad. También el TSJC ha sufrido envíos masivos de correos: el viernes pasado una de sus cuentas de Las Palmas fue bombardeada con más de quinientos mensajes remitidos por personas que se oponen a las últimas decisiones del TSJC en la  lucha contra el Covid.

Estamos presenciando una revuelta de negacionistas, antivacunas y conspiranoicos, decididos a sacar partido del cansancio y hartura de la mayoría ante una pandemia que no parece remitir. Sólo hay que intentar acercarse a los argumentos y consignas que se manejan en las concentraciones y marchas, para comprender hasta qué punto una parte de nuestra sociedad ha sucumbido ante este tipo de mensajes, repetidos hasta la saciedad en las redes por falsos perfiles y entidades ficticias que actúan como si fueran reales. Pero no todos los antivacunas actúan igual: con un protagonismo creciente en la propagación de la mendacidad entre las islas, la plataforma Canarias Despierta y Unida, convocante y partícipe en la mayor parte de las movilizaciones, actúa también como soporte jurídico del negacionismo canario. Puede que defiendan ideas estúpidas, pero quienes están detrás de esa activa plataforma, presente en redes desde hace pocos meses, no son en absoluto estúpidos: son gente con formación jurídica, tienen recursos, medios económicos y contactos con sectores sanitarios. Saben lo que están haciendo. Y probablemente piensan con mentalidad política.