El altar de Don Johnson

Miami, octubre de 1985: En la esquina de la tienda, mientras intento orientarme, un gigantesco cartel azul con letras rojas grita «Kill Castro». Al lado, un coche con tres ex marielitos dentro y un altavoz en el techo, lanza una proclama en castellano. Pide el apoyo para las iniciativas del presidente Reagan en defensa de los principios democráticos y de la seguridad de América y del resto del mundo. Pide a todos los conductores de Miami que un par de días después hagan sonar los claxon de sus coches a las cinco y media, para festejar el aniversario de la liberación de Granada del comunismo. Y concluye con unos gritos de ritual:

         «¡Viva Granada libre!

         «¡Viva Nicaragua libre!

         «¡Viva Cuba libre!

         «¡Viva Reagan!

Son los gritos agónicos de una ciudad que ya no existe: la que antes vendía su feroz y primario anticomunismo como primer producto de exportación. Unos gritos que ya no llaman la atención de nadie. Ni los latinos, ni los escasos anglos, ni los cientos de turistas que pasan alrededor del coche, prestan la más mínima atención… Miami ya no es sólo la ciudad del turismo en la que se ha instalado la derecha caribeña.

Ahora la ciudad es una serie de televisión, cuyos modos y actuaciones sus habitantes imitan con apasionado furor: drogas, bancos, latinos pobres y muy ricos, tonos pastel, mafia, negros del gueto, edificios comidos por el salitre y la humedad, ‘criminosos’ marielitos, lujo y aire acondicionado, haitianos huyendo de la miseria de Duvalier, dinero a espuertas, neón y deportivos italianos, música rasta, música disco y música sinfónica deglutida para bandas sonoras, moda de alto diseño y pistolas. Más la serie misma: playas blancas, cimbreantes palmeras, ondulantes traseros de magníficas señoras, jugadores de ‘jai alai’, la pista del hipódromo, las motoras compitiendo en la bahía y las garzas elevando el vuelo desde los pantanos de los Everglades.

La derecha existe, por supuesto. Pero sólo se le hace caso cuando hay que elegir Gobernador en el Estado, o cuando los candidatos presidenciales visitan la ciudad y se dejan fotografiar con los viejos anticastristas. Pero la derecha es basta y grosera. Huele a orín, a puros y a ron, no huele a dinero, ni a coca, ni a colonia de cincuenta pavos el frasco. No puede ser el modelo a seguir por los jóvenes latinos, porque sigue vistiendo guayabera en una ciudad que hoy compra su ropa en las boutiques Madonna y en las tiendas de moda italianas.

Miami City es ahora Miami Vice. Y Don Johnson es su único Dios.