Digan la verdad

La ministra Darias sorprendió ayer a todo el mundo con su negativa a pronunciarse respaldando el cambio de criterio del último Consejo Interterritorial de Salud. En él, Sanidad se mostró decidida a cambiar el sistema de contar los contagios (por la vía de no contarlos) y el análisis de la incidencia del covid-19 en España. El Consejo explicó que la pandemia entraba en un nuevo estado y que había que adaptar los recursos disponibles, concentrándolos en las personas que más los necesitaran. Se trataba del primer reconocimiento explícito de la imposibilidad de hacer frente a la expansión de ómicron, tras el sálvese quien pueda de la Navidades. Se optó entonces por una doble estrategia, que consistía por un lado en reducir la información sobre contagios, negando la relevancia hospitalaria de la masiva contagiosidad de la última variante, y, por otro lado, de sustituir el concepto de pandemia por el de endemia o enfermedad endémica, una operación cosmética tendente a que volviéramos a creer que las consecuencias del Covid, en su variante dominante, son poco más o menos las de una gripe normalita. Los expertos hablaron de gripalización del Covid, y este país esperanzado y crédulo empezó a creer que esto estaba ya liquidado o en trance de liquidación.

Resulta curioso que nadie recordara que la comparación oficiosa del Covid con “una gripe más suave” ya nos tuvo a todos entretenidos (y engañados) en los días previos a aquella manifa madrileña del 8 de marzo y otras festivas aglomeraciones. El intento de gripalizar la pandemia y transformarla por arte de magia en una enfermedad endémica ha durado apenas unos días. El tiempo suficiente para que en la Organización Mundial de la Salud se tiraran de los pelos y llamaran al orden, recordando que bajar la guardia es asumir riesgos inasumibles.

¿Cuál ha sido la reacción del Gobierno a esa advertencia? El cambio en las políticas de recuento, cribado, aislamiento de los contagiados y trámite de bajas se ha mantenido, pero se ha silenciado el discurso sobre la nueva gripe endémica. Darias dejó ayer claro que no tocaba hablar de eso: “vamos a detenernos en el momento actual”, dijo. Pero lo cierto es que lo único que se ha detenido es la lengua de nuestros mandamases. Lo demás avanza en la misma dirección que ha marcado el gobierno británico, que podría definirse como un “primero la economía, luego la salud”.

Es una opción legítima, porque llevamos dos años devorando complacientes y despreocupados el futuro de nuestros hijos, comprometidos por una deuda pública inasumible, y –al menos en España- preparando un inminente saqueo fiscal a los autónomos y pequeñas empresas, y sobre las rentas del trabajo (es decir: sobre el 95 por ciento de la economía no sumergida), que empobrecerá de forma terrible un país en el que lo único que ha crecido y sigue creciendo después de dos años son el gasto y el empleo público.

Pero el cambio en la manera de afrontar los contagios no puede despacharse desde el silencio, como si todo siguiera igual. No sigue igual nada, y encima vuelven a engañarnos, como con la gripe, la obligatoriedad de los guantes, la inutilidad de las mascarillas o el estado de alarma. Es probable que antes nos engañaran por ignorancia, desconocimiento o incluso por prudencia, para evitar el pánico. A estas alturas, lo único que pretende el engaño es escapar sin responsabilidades, tras aplicar una política que hace dos semanas se definía directamente como suicida.

Darias anunció también que la incidencia acumulada retrocede. Con los datos incompletos que manejan el Ministerio y los departamentos regionales de Sanidad, con miles de contagios que ni se comunican, ni se testean, ni se contabilizan, es razonable que la incidencia acumulada retroceda tímidamente, aunque se mantenga siete veces por encima de la última ola. Cuando la incidencia empiece a bajar algo más que tímidamente, será el momento de creer lo que todos deseamos, que ómicron se retira. De momento, conviene mantener todas las cautelas. Esto no es una gripe, camaradas del metal. Y si lo fuera, una gripe capaz de contagiar a tres millones de personas en un mes, también sería para echarse a temblar.