Cuestiones semánticas

El ministro de Exteriores afirma que Argelia no ha roto el Tratado de Amistad y Cooperación con España, que lo que ha hecho ha sido “suspenderlo”. Por eso, el Gobierno confía en que se pueda resolver el problema creado cuanto antes. Aún así, advierte que el Ministerio analiza las consecuencias de esa suspensión, que no ruptura, a las que responderá con firmeza en defensa de los intereses comerciales españoles. El Gobierno, como suele, se refugia en palabras para suavizar un nuevo revolcón fruto de la precipitación e improvisaciones que definen la política exterior del sanchismo y que han llevado a la modificación de la política española sobre el Sahara –sin apoyo parlamentario, ni de la oposición ni de los propios socios del Gobierno- y a un coste que implica cambiar a un socio –Argelia- por otro –Marruecos- sin beneficio aparente ninguno.

En octubre del año 2020, justo un año de su primera visita a Marruecos, el Pedro Sánchez de la segunda legislatura, ya consagrado definitivamente como presidente gracias al apoyo de las fuerzas de la izquierda y el independentismo, visitaba Argel para reunirse con el jefe del Gobierno argelino y mejorar el balance comercial español, bastante lastrado por las compras de gas. Entre los motivos de esa visita, según se destacó entonces, estaba también evitar la creciente inmigración desde Argel a España, el deseo de frenar la expansión del yihadismo en el sur del país –especialmente en la frontera con Mali- y reforzar los lazos políticos con el país que protege y alimenta al Polisario. Un guiño a la izquierda gubernamental. Como resultado de aquel encuentro se habló mucho del tratado de amistad, buena vecindad y cooperación entre España y Argelia, pero a nadie se le ocurrió recordar que fue firmado por el Gobierno de Aznar el mismo año de la absurda guerrita de Perejil, y como respuesta a las pésimas relaciones en aquellos días con Marruecos.

Sólo un año después de aquella visita a Argel, en la que Sánchez encontró tiempo hasta para visitar la cueva donde se refugió Cervantes tras fugarse de su prisión argelina, el presidente español aceptaba la petición realizada por el gobierno argelino para colar –amparado bajo un pasaporte falso- al líder del Polisario y presidente de la RASD Ibrahim Gali, en una clínica de Logroño, donde convaleció por infección de Covid, hasta que su presencia en territorio nacional fue detectada y tuvo que ser devuelto a Argel. Tras aquél incidente, la relación con Argel perdió calor, hasta congelarse del todo cuando Rabat divulgó parte de la sonrojante carta de Sánchez que ponía punto y final a diez décadas de equilibrios españoles en el Sahara, una decisión de Estado adoptada personal y exclusivamente por Sánchez, sin consultar con su Gobierno, sus socios, la oposición o su propio partido. Alguien convenció a Sánchez de que un cambio radical en el Magreb supondría muchas ventajas: evitar nuevas crisis como la de Ceuta –la respuesta marroquí al tratamiento español del ‘caso Gali’-, obtener el reconocimiento de la españolidad de las plazas de África y negociar con buenas formas la delimitación de la mediana en las aguas territoriales entre España y Marruecos. Los gobiernos de Francia y Alemania, próximos a las tesis estadounidenses sobre el Sahara –“mejor marroquí que bajo influencia rusa”- acabaron por inclinar la balanza en Moncloa.

Pero incluso entonces, las cosas se hicieron rematadamente mal: diez días antes de que Rabat divulgara la carta de Sánchez, el presidente español llamó al de Argelia por teléfono para –según fuentes argelinas- expresar su reconocimiento “a un socio fiable en el ámbito de la energía, declarando su compromiso de trabajar en el desarrollo y la consolidación del partenariado entre ambos países”. No es posible saber que se habló realmente en esa conversación, pero lo que sí parece obvio, por la creciente rabieta argelina, es que Sánchez no le adelantó a Teboune que España se iba a inclinar del lado marroquí. Desde entonces, esto va cada vez peor: todo apunta que lo del gas (con o sin tope de precios) se nos va a poner muy cuesta arriba, y que el desaire a los argelinos no va a tener un arreglo fácil, aunque la propaganda gubernamental se esfuerce en explicar la diferencia semántica entre que algo esté roto o esté suspendido.

La diferencia son siete plantas regasificadoras muertas de risa, cuando más se necesita tenerlas a pleno rendimiento. Esa es la diferencia. Aquí el único feliz es Antonio Olivera, que ha salido otra vez en la tele, a explicar que nada de esto nos afecta. Profeta.