Camilla

Comuna de Albertslund, Copenhage, navidad de 1985: hace un frío de perros, veinte grados bajo cero, y la temperatura baja más aún por las noches. El canal central de Albertslund ha amanecido congelado y gris, como la mayoría de los canales de la ciudad.

Pocos recuerdan un invierno tan frío.

Camilla está en la cocina, preparando el desayuno, y deja las ventanas abiertas «para que la casa se ventile». Camilla cumplió los sesenta hace tiempo, pero no aparenta ni esa ni ninguna otra edad. Lleva el pelo muy corto, como una punki, y las arrugas de su rostro bien pudieran ser más producto de la ginebra que de los años. Es una mujer pequeña, pero fuerte, las mejillas sonrosadas siempre, la voz cálida y gruesa, ajada por ese tabaco negro que fuma entre tos y tos. Viste con ropas de colores escandalosos y su casa esta llena de libros y recuerdos de viaje y de plantas y de fotos de Ina y de postales de colores que le mandan amigos de todo el mundo. Camilla estudia un idioma más -creo que habla ya seis o siete- y cobra una especie de pensión del Estado por hacerlo. Eso le permite escapar. En un país más caliente los años habrían arrasado su dignidad de pobre, pero en la Dinamarca conservadora y burguesa vive en un apartamento de dos dormitorios cedido por la administración de la Comuna, y ocupa su tiempo en las clases, las reuniones comunales con sus vecinos turcos y chilenos, los mítines antinucleares y en la recogida de papel y otros reciclajes. Lee poesía y escucha jazz y escribe cartas en una vieja Olimpya a Ina, que vive lejos.

El padre de su hija parece que murió. Fue hace muchos años: «Volaba en un avión por el Congo, y el avión cayó en la selva y a él se lo comieron los salvajes», dice como si tal cosa, y nunca he conseguido saber si la historia es cierta.

Camilla escribe de vez en cuando a mi mujer y por eso estamos aquí: llegamos ayer tarde, y a la salida de la terminal, este mismo frio que ha quebrado el agua en la mañana, nos abofeteó a los dos con la misma fuerza, pero yo no lo sentí: sólo estaba pendiente de sus ojos iluminados de asombro ante la nieve parada en el aire. Camilla apareció más tarde en compañía de un ‘higgelig’ vecino con coche y nos trajo hasta su casa. Por el camino mis manos azules empezaron a arder y ella las frotó con nieve. Al llegar me obligó a meterlas en agua fría a la que fue añadiendo poco a poco agua caliente. Por la noche, frente a unos vasos de Harald Jensen, ya estaba olvidado.

Camilla bebe té por las mañanas, pero hoy ha preparado café en nuestro honor. Ha buscado dinero en algún agujero y ha salido a comprar una bolsa de cien gramos. Al volver ha dejado sobre la cama un par de guantes de lana de mi talla. De un horrible color verde.