Ava Gadner: “Los periodistas son gente impresentable que siempre están preguntando las mismas cosas”.

Mito erótico de toda una generación, y uno de las actrices más deseadas de su tiempo, su vida estuvo lastrada por las consecuencias de la Hrtan depresión del 29 y la  pérdida de la granja de su padre, que se dedicaba al cultivo de algodón y tabaco en Carolina del Norte.  Se convirtió en estrella de la Metro por una casualidad. Un cazatalentos del estudio vio unas fotos suyas en el escaparate de un cuñado suyo, fotógrafo de profesión, y en 1941 firmo con la Metro por siete años, convirtiéndose en una de sus mayores estrellas y también en una mujer irreductible, montaraz y rebelde, políticamente contradictoria (coqueteó con los comunistas de la ‘izquierda caviar’, pero eligió para vivir durante una década la España franquista), que no se dejó domar nunca ni por los hombres ni por los estudios ni por los medios de comunicación, a los que despreciaba de forma pública, a pesar de lo mucho que habían contribuido a su enorme popularidad y su éxito.

Su frase sobre la tendencia de los periodistas a preguntar siempre las mismas cosas, demuestra cierta sabiduría e intuición en el conocimiento de los vicios y defectos de una profesión que –a lo largo de toda su vida- la enfrentó a periodistas que siempre le preguntaban por su tormentosa y violenta relación con su tercer marido, Frank Sinatra, que fue –según sus propias declaraciones y las de quienes mejor la conocieron- el único hombre al que realmente amó durante toda su vida.

Ava Gardner [Brogden, Carolina del Norte, 1922 – Ciudad de Westminster, 1990] fue una actriz estadounidense considerada una de las mayores estrellas del siglo XX y un mito del Séptimo Arte. Conocida por su extraordinaria belleza y su capacidad para secudir a la Cámara, fue bautizada por su tercer marido –el cantante Frank Sinatra- como “el animal más bello del mundo”, apodo que se haría muy popular en el Hollywood de los años 50 y 60 y que ella odiaba. Su carrera cinematográfica se caracteriza por una etapa de gran esplendor, centrada en los años 50 y principios de los 60, adorada por el gran público y donde compartió grandes producciones dramáticas con galanes como Burt Lancaster, Clark Gable, Robert Taylor, Gregory Peck, James Mason o Robert Mitchum. Desde mediados de los 50 residió en España, donde mantuvo una apasionada relación con el torero Juan Miguel Dominguín. A partir de 1968 se trasladó a Londres, y sus trabajos comenzaron a perder importancia –tuvo aún un par de grandes éxitos- y acabo interpretando papeles de mujer madura para televisión. Murió en 1990 sin haber logrado conseguir nunca el óscar, para el que fue nominada en dos ocasiones, como mejor actriz en Mogambo (Ford, 1953) y La noche de la iguana (Houston, 1964).