La amiga del compañero Tomás

Managua, julio 1985: los buenos burgueses que quedan se esconden. Sólo salen a cenar cenan en los cuatro o cinco restaurantes aún abiertos en la ciudad y vuelven precipitadamente a sus casas. Apenas unos minutos para dejarse ver en los sitios dónde acude el poder, apenas el tiempo de demostrar al régimen que aún existen.

La noche de Managua ya no es de ellos. Ni de nadie: algo tienen las revoluciones de izquierda en todo el mundo contra las debilidades de la carne, incluidas las del hígado. El ron ‘Flor de Caña’, uno de los mejores del mundo, es más difícil de encontrar en Managua que en San José o en San Salvador.

El ‘Flor de Caña’ tiene más raíz cubana que nica: le dieron su especial bouquet de roble caribeño los batistianos exiliados de Cuba que llegaron a Nicaragua en los primeros años sesenta, huyendo de los barbudos de Fidel y su revolución que iba a cambiar las Américas, y cuando ellos volvieron a salir del país en los mismos aviones que su anfitrión Somoza, los nuevos ‘asesores’ castristas vinieron para mantener la producción.

Pero en los bares de Managua, en las siniestras barras nocturnas montadas por la revolución para entretener a los brigadistas europeos y a los altos cargos del FSLN, la noche capitalina sólo bebe refrescos o una pésima cerveza. La elegante Siamara, veintidós años, una de las escasas chicas de alterne consentidas por el régimen, dicen que por ser amiga del espartano ministro del Interior, Tomás Borge, ha conseguido en pago de alguna discreta hazaña una botella de ‘Flor de Caña’ que comparte conmigo y con Patrick, el ‘gringo bueno’, al son de una guitarra sandinista:

"Que viva el niquinomeño,  
el heroico general, 
que vivan los que lucharon 
por nuestra patria y su libertad... 
Pensaron que asesinándolo 
terminarían con su fusil, 
pero nacieron mil hombres 
dispuestos a combatir..."

Mil hombres, pues, y decenas de miles, y centenares de miles tras las huellas de Cesar Augusto Sandino. Los ‘chavalos’ se reproducen a sí mismos en este paisaje verde olivo. Pero esta noche, vísperas del sexto aniversario, no están aquí…

Siamara apura las últimas gotas de su ron con cola y nos habla de la hermosa Nicaragua que fue y de lo difícil que resulta ahora para una chica como ella sobrevivir al aluvión de los tiempos. Detesta a los cubanos casi tanto como a los rusos -«que no saben tratar a una señorita», dice- y ensaya su mejor sonrisa con Patrick y conmigo. Nos mira alternativamente al uno y al otro, y a veces parece quedarse pensativa: aún no ha decidido con cual de los dos ha de quedarse esta noche.