Vuelve Paulino

Fue el domingo, en el acto del centenario del Tenerife, en el Guimerá. En un ambiente cantado de despedida y cierre, el aún presidente del Tete, Miguel Concepción se dejó caer con un sentido y lacrimoso agradecimiento a Paulino Rivero por su providencial intervención para salvar al equipo de la bancarrota. En la memoria blanquiazul del constructor palmero, reconvertido en presidente y dueño de una sociedad anónima deportiva mimada por las instituciones, esa intervención providencial (y presidencial) tuvo su epifanía en el entonces restaurante de cabecera de Rivero (La Ermita, aún no existía Jalea de Menta), donde el presidente conjuró a la tropa empresarial ajena al circuito Plasencia, el equipo del momento. Y tuvo su cénit en el preciso instante en el que Rivero logró colocarle en la presidencia del Club.

De Concepción pueden decirse muchas cosas, e incluso se han dicho ya algunas, pero no se le puede negar su sentido de la lealtad hacia el político que le hizo primero rico, y después un personaje de renombre local. Concepción siempre ha creído que le debe una parte de su suerte a Rivero, y además es cierto. Sin Rivero, el pequeño holding crecido en torno a su empresa Traysesa nunca habría llegado a hacerse con una compañía aérea, ni él habría acabado siendo presidente del representativo tinerfeño. Para Concepción esos son los dos hitos más importantes de su historia personal, por más que ninguno le llevara muy lejos: la compra de Islas Airways a la quiebra económica y el reconocimiento ante los tribunales de haber urdido una monumental estafa con las subvenciones a la residencia, y la presidencia del Club a una etapa bastante anodina del Tete y a su inminente retirada, antes de que los tribunales se pronuncien en firme por el ‘caso Airways’ y quede inhabilitado para seguir. Ese es uno de los motivos de que al hombre le hayan entrado las prisas. Ése y que –según parece- necesita liquidez para hacer frente a los contenciosos que tiene encima. Y las acciones suponen un buen pellizco.  

Ya hace un par de años, Concepción intento dejar el Club, que no le ha dado grandes satisfacciones ni en lo deportivo ni en lo económico: preparó entonces una operación para colocar a Rivero en la presidencia blanquiazul –una de las querencias más recurrentes del ex mandamás del Gobierno regional- que le salió bastante mal: Rivero tuvo que renunciar, al destaparse que su elección como sustituto  incumplía con las normas deontológicas (y legales) que regulan las incompatibilidades de los altos cargos que dejan el Gobierno. Rivero quería quemar etapas y convertirse en presidente antes de que se hubiera cumplido el plazo establecido por las leyes. Al intentarlo, se lio una pequeña escandalera que le obligó a meter el freno. Es verdad que no era el primer alto cargo de su Gobierno que se instalaba en una empresa favorecida por su gestión, pero lo de Rivero cantaba La Traviata. Durante su mandato regó con patrocinios discrecionales al Club de sus amores, dejando pública constancia y explícito reconocimiento de Concepción. Paulino tuvo que recular. Hasta hoy. Ahora se le presenta una segunda oportunidad, y las incompatibilidades legales ya no existen:  Rivero se prodiga desde hace semanas en los saraos del equipo, almuerzos con la plantilla, visitas marianas a la Basílica de La Candelaria (no fue al show con el Papa Francisco, al menos), o su comentadísima presencia en la Gala del centenario, en la que se dejó retratar en la foto de familia y estrecho todas las manos –todas- como un padrino feliz.

Ya es un secreto a voces que esta vez va a por todas y que está decidido a cumplir con su destino como mandamás, ahora también del balompié tinerfeño. Será antes de fin de este año: como el del turrón, Paulino vuelve, también por Navidad. La única duda que aún persiste es si lo hará aún blindado por las acciones de Concepción, o el constructor palmero se las habrá vendido ya a Amid Achí por un pastizal. Aunque para Rivero eso no será ningún problema: Concepción y Amid son para él como Isabel y Fernando: tanto monta, monta tanto.